El río de la guerra y la paz interior: un cuaderno visual en el Río Martín


A veces nos convencemos de que para reencontrarnos o para hacer fotografías que valgan la pena tenemos que cruzar el océano, visitar las Cataratas del Niágara o perdernos en algún destino mainstream masificado por el turismo. Sin embargo, el verdadero gozo visual y la alegría de conectar con uno mismo suelen estar muchísimo más cerca. Al lado de casa. En nuestros propios orígenes.

El otro día decidí regalarme unas horas de soledad. Agarré mi Ricoh GR IIIx, configuré la DJI Action 2 para registrar el camino y salí a caminar por los alrededores de mi pueblo, Samper de Calanda, siguiendo el curso del agua.

Salí a caminar por las orillas del Río Martín.



El fluir de la historia y el diario visual

El Río Martín no es un río cualquiera; para mí es un elemento vital. Su nombre tiene raíces profundas: proviene del dios mitológico de la guerra, Marte. Es una ironía hermosa pensar cómo un río bautizado en honor a la batalla es, en realidad, el encargado de fertilizar y llenar de vida este valle árido en el que se asienta mi pueblo.

Caminar junto a su cauce sin un objetivo fijo es mi manera de interactuar con el entorno y de jugar. Al final, se trata de eso: de utilizar la fotografía como un diario visual de sensaciones y emociones, un registro íntimo de los lugares que nos formaron.

Para este cuaderno visual decidí apostar por mi lenguaje fetiche: la fotografía de alto contraste en blanco y negro. ¿Por qué este estilo tan marcado? Porque cuando desnudas una imagen del color, te queda la esencia cruda de las cosas. La fotografía empieza a basarse en las formas, en la geometría pura, en el diálogo directo entre las luces y las sombras, y en las texturas de la tierra. Es una forma de abstracción que te obliga a mirar el detalle: la rugosidad de un cardo, la silueta de un chopo o las misteriosas pareidolias de las viejas paredes, donde de repente aparecen rostros o monstruos esculpidos por el tiempo si sabes observar con paciencia.

Quitar el color es desnudar la escena; lo que queda es la estructura elemental de la naturaleza.

Aliarse con el viento y abrazar el extravío

El plan inicial de la jornada era claro (sobre el papel): quería seguir el sendero de gran recorrido —creo recordar que es el GR-232— y llegar caminando hasta la población vecina de Híjar. Pero la naturaleza rural no entiende de mapas perfectos.

Me encontré con un tramo completamente salvaje y cerrado. Es una zona apenas transitada, donde la vegetación crece a su antojo y los jabalíes o los pájaros son los verdaderos dueños del lugar. El viento soplaba con una fuerza tremenda, haciendo que las hojas de los árboles se agitaran con violencia. En lugar de luchar contra el clima, decidí aliarme con él: bajé la velocidad de obturación de la cámara. Al hacerlo, el movimiento del viento quedó registrado como un precioso desenfoque borroso, convirtiendo la vegetación en una pintura abstracta.

Poco después, el camino empezó a cobrarse su peaje. Me topé con charcos enormes y zonas de barro denso. Logré sortear los primeros por los campos colindantes, pero llegó un punto en el que el GR-232 desapareció por completo bajo el agua y la maleza. Terminé perdido, encajonado contra un muro impenetrable de cañas de Arundo Donax —curiosamente, las cañas que se usan tradicionalmente para fabricar las lengüetas de los instrumentos musicales—.

Para rematar la aventura, la vegetación era tan cerrada que caminé un buen tramo sufriendo por las "pinchas" y espinas que se me colaban en los calcetines, obligándome a descalzarme en mitad de la nada para poder continuar. No había salida. Tuve que dar la vuelta al camino principal.



El valor del camino sin destino

¿Fue un fracaso no llegar a Híjar? En absoluto. Cuando dejas atrás la obsesión por la "foto perfecta" o por cumplir una meta estricta, descubres que perderse es parte del juego. Da igual si vas por el camino equivocado si el único objetivo real es pasear, experimentar y jugar.

De regreso, el contraste con la soledad del río fue brutal. En el pueblo se celebraba la feria de Santa Quiteria: el bullicio de la gente, el porte majestuoso de los caballos y el eco de los disparos del campeonato de tiro con rifle. Dos mundos separados por apenas unos metros.

Cerré el día fotografiando la zona de los juncos y las espigas del campo a contraluz. Había andado mucho, había hecho ejercicio, pero sobre todo, había experimentado.

No necesitamos buscar paisajes monumentales en la otra punta del mapa para alimentar nuestra creatividad. El arte, la belleza y la paz mental están esperándote en el sendero más cercano a tu casa. Solo tienes que aprender a mirar y, de vez en cuando, tener la valentía de volver a tus orígenes.

Si te apasiona esta forma de entender la imagen, te invito a leer mi libro Fotografía sin ficción, un proyecto donde elaboro cuadernos visuales a partir de mis paseos, mis viajes y mi día a día. ¡Nos vemos en el próximo camino!





 

Entradas populares de este blog

Fotografiar la Semana Santa en mi pueblo

Capturo el fervor religioso en Torreciudad con una cámara discreta