Lo que aprendí fotografiando la calle con el maestro Rober Tomás

Hola, gracias por estar aquí, gracias por dedicar unos minutos a leer este blog y a seguir hablando de fotografía conmigo.

El pasado sábado por la mañana asistí en Teruel a un taller de fotografía callejera con Rober Tomás, fotógrafo de Zaragoza, organizado junto a la Sociedad Fotográfica Turolense.

Fue una de esas experiencias que no solamente te enseñan fotografía, sino que también te obligan a reflexionar sobre tu propia manera de mirar y sobre el tipo de imágenes que realmente quieres hacer.

Ya había asistido a un taller con él en Zaragoza que me aportó muchísimo, pero este tampoco me dejó indiferente.



La importancia de la mirada

Durante el taller en Teruel hablamos de cuestiones técnicas: equipo, enfoque, focales, exposición, actitud en la calle…

Pero si algo dejó claro Rober desde el principio es que lo importante no es la cámara.

De hecho, insistió mucho en trabajar con cámaras pequeñas y focales fijas. Un 28 mm, un 35 mm o incluso un 50 mm. Elegir una focal y permanecer en ella para desarrollar consistencia visual y aprender intuitivamente qué entra dentro del encuadre.

Eso es algo con lo que coincido completamente.

Cuanto menos pensamos en el equipo, más espacio dejamos para observar.

También nos habló de su forma de trabajar en manual, del enfoque manual, de la  regla de 1/500, ISO 400 como base y de cómo va adaptando el diafragma según la luz disponible.

Pero sinceramente, todo eso no era lo más interesante.

Lo realmente fascinante era observar cómo veía.



Un fotógrafo obsesionado con la composición

Paseando por las calles de Teruel entendí rápidamente que Rober trabaja desde la composición.

Primero encuentra el fondo.

Una pared.
Un escaparate.
Una señal.
Una geometría.
Una línea que divide el encuadre.

Y después espera.

Es una fotografía muy compositiva y tremendamente ordenada.

Busca que todos los elementos dialoguen entre sí dentro del encuadre: personas, sombras, carteles, gestos, objetos, direcciones, miradas…

Todo parece colocado exactamente donde debe estar.

Y lo impresionante no es solo eso.

Lo impresionante es la naturalidad con la que lo hace.

Mientras hablaba con nosotros, mientras caminaba o incluso mientras hacía bromas, su ojo ya estaba trabajando.

Él ya estaba viendo fotografías donde nosotros todavía no veíamos nada.

Y cuando disparaba…

Nos enseñaba la imagen en pantalla y todos quedábamos completamente alucinados.






El instante exacto

Creo sinceramente que una de las mayores virtudes de Rober es su, además de su ojo, la capacidad para disparar exactamente en el momento correcto.

Tiene una intuición visual extremadamente entrenada.

Porque no basta con encontrar un fondo interesante.

Lo difícil es esperar a que todos los elementos humanos entren en armonía dentro de ese espacio.

Y ahí es donde aparece algo casi mágico.

La tasa de aciertos que tiene es brutal.

Hay fotografías suyas llenas de vida, energía y orden visual donde todo parece alinearse perfectamente durante una fracción de segundo.

Y claro… eso no aparece por casualidad.

Eso aparece después de muchísimas horas mirando, fotografiando y practicando.



Mi fotografía y su fotografía

Mientras observaba cómo trabajaba Rober no podía evitar pensar en la forma en que estoy fotografiando últimamente.

Yo llevo un tiempo acercándome más a una fotografía espontánea, más intuitiva, más cercana al snapshot o al diario visual.

Fotografío con la Ricoh GR o con el teléfono móvil.

Trabajo en blanco y negro.

En principio no busco la perfección compositiva ni el fotón.

Simplemente fotografío aquello que me llama la atención:
la luz,
las texturas,
los gestos,
las sombras,
los pequeños detalles cotidianos.









Y sí, a veces también busco composición y orden.

Pero curiosamente, cuando me obsesiono demasiado con ella, noto que las imágenes pierden algo de energía.

Les falta vida.

Les falta esa espontaneidad que aparece cuando simplemente reaccionas a algo que sientes.





La serendipia y aceptar lo inesperado

Y aquí apareció una reflexión que me pareció muy interesante.

En la fotografía compositiva de Rober parece que la imagen ya existe previamente en su cabeza.

Él sabe lo que quiere.

Solo espera el instante exacto.

En cambio, en el enfoque que yo estoy explorando últimamente hay mucho más espacio para la sorpresa.

Para el accidente.

Para aceptar que la cámara registre cosas que quizá mi ojo ni siquiera había visto conscientemente.

Y eso igual no es tan perfecto pero me parece fascinante.

Porque a veces haces una fotografía simplemente por intuición, porque algo dentro de ti te pide disparar, y cuando revisas la imagen descubres relaciones, luces o gestos que no habías percibido en el momento.

Ese tipo de serendipia me interesa muchísimo.

Me gusta aceptar que la cámara también interpreta la realidad a su manera, y que todo no depende de mi. 







Fotografiar sin presión

También es cierto que este enfoque más intuitivo tiene menos tasa de acierto.

Hay días mejores y días peores.

Hay paseos donde no sale prácticamente nada.

Y otros donde aparecen fotografías maravillosas.

Por eso he dejado de darle demasiada importancia al resultado.

Porque cada vez tengo más claro que para mí la fotografía no consiste únicamente en conseguir imágenes impactantes.

Consiste en vivir el proceso.

En observar.

En caminar.

En explorar el mundo con curiosidad.

La cámara simplemente es la excusa y la herramienta para relacionarme con la realidad y estar más presente.







Mucho más que un taller de fotografía

Más allá de lo fotográfico, este tipo de talleres también tienen algo muy valioso: compartir tiempo con personas que sienten la fotografía de forma parecida.

Hablar.
Pasear.
Mirar juntos.

Especialmente en ciudades pequeñas como Teruel, donde muchas veces la fotografía callejera todavía genera inseguridades, prejuicios o incluso miedo.

Miedo a fotografiar personas.
Miedo al juicio ajeno.
Miedo a hacer el ridículo.

Y precisamente este tipo de experiencias ayudan muchísimo a desbloquear todo eso.

Ver trabajar a Rober, tanto por su calidad humana como fotográfica, es un auténtico placer y probablemente una de las mejores inversiones que puede hacer alguien interesado en la fotografía callejera.

Encontrar nuestro propio camino

Y quizá esa fue la gran reflexión que me llevé del taller.

No se trata de copiar la fotografía de nadie.

Ni siquiera la de fotógrafos que admiramos.

Se trata de practicar muchísimo, hacer muchas fotografías y observar qué patrones se repiten en nuestras imágenes.

Qué nos atrae.
Qué buscamos sin darnos cuenta.
Qué tipo de luz fotografiamos.
Qué emociones aparecen.
Qué composiciones repetimos.
Qué temas vuelven una y otra vez.

Porque nuestro estilo personal no aparece de golpe.

Se va descubriendo lentamente a través de la práctica, de la observación y de la reflexión constante sobre nuestras propias fotografías.

Gracias por leer.

Sigue fotografiando.
Sigue practicando.
Sigue observando.

www.miguelmonforte.com

YouTube: @miguelmonforte


Entradas populares de este blog

Fotografiar la Semana Santa en mi pueblo

El latido de la tierra: fotografiar lo que ya es parte de ti